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EL ORIGEN DEL DELINCUENTE

La historia que hemos olvidado

Publicado: 2021-02-21


Hace unos años visité el Museo Nacional Afroperuano, ubicado en Jirón Ancash 542, Cercado de Lima. En medio de los simpáticos orígenes de la comida peruana que hoy tanto celebramos, estaba la triste historia de esclavos que aprendieron a cocinar con las sobras de los amos. La colorida historia de los bailes como el festejo o la zamacueca, o del origen del cajón peruano, orgullo nacional, estaba atravesada por los lamentos de personas desarraigadas, obligados a la procreación indeseada (los esclavos eran animales y los forzaban al apareamiento para tener buenas crías), viviendo bajo la amenaza de los grilletes, el látigo o la muerte como castigo.

Por supuesto, también se cuenta el momento en que terminó la esclavitud ¡Que viva Ramón Castilla que nos dio la libertad!

Y se cuenta, además, que con ello llegaron más penurias. Que no se mal entienda, la libertad era necesaria. Era humana. Pero, ahora libres, los afroperuanos debían de buscar trabajo en medio de una sociedad que hasta hacía poco los había visto y tratado como animales ¿Alguien le daría trabajo digno a un ex esclavo? La respuesta es obvia. Entonces comenzó el hambre, la necesidad, la desesperación. La sobrevivencia y sus mecanismos. Sin trabajo y rechazados, los afrodescendientes que no admitieron volver a trabajar bajo condiciones casi de esclavitud ofrecidas por sus antiguos amos, reticentes estos a tratar mejor a quienes antes eran su propiedad, optaron por el aislamiento, los trabajos que hoy llamamos informales, cuando no al pillaje y el robo. Sin tener para comer, menos se tenía para vestir o para la higiene, mucho menos aún para educación. Y así surgió el negro cochino, bruto y ratero.

Tuvieron que pasar muchos años para que los afrodescendientes pudiesen romper las cadenas del prejuicio y la pobreza. Pero, aun así, el estigma se mantuvo, el prejuicio sobrevivió y el racismo nunca se fue.

De los tiempos de la esclavitud también surgió esa idea de que el negro no piensa después del mediodía. Y es que, debiendo iniciar labores en la madrugada para poder preparar las cosas que los amos necesitarían/exigirían durante el día, los esclavos resentían el cansancio de las pocas horas de sueño al iniciar la tarde y su comportamiento se tornaba lento y torpe. Ya no pensaban, pues.

Muchos años después, cuando la sierra peruana era más miserable de lo que es ahora, comenzó la oleada migratoria hacia Lima, hecho más fácil de recordar para las generaciones ahora un poco mayores. La razón no era muy diferente: sobrevivencia. Las consecuencias, tampoco difirieron: racismo, estigma, prejuicio, rechazo, amenazas y destemplados pedidos de regresarlos a sus tierras. Serrano cochino, motozo, bruto, ratero.

La falta de oportunidades hizo que la gente de la sierra saliese a vender a las calles, cantar en los micros, vivir acinados, aceptar trabajos precarios, se abrió paso a la explotación sexual. y si no era todo eso, delinquir. Ahí están los testimonios en la literatura y cine peruanos sobre lo que significó migrar a Lima. Pobres Juliana y Paco Yunque.

También ha pasado el tiempo, el cholo se empoderó, y hoy es común ver a gente de origen andino ya mezclados en la mayor parte de la sociedad, aunque no en toda. Los amos de siglos pasados, los que después serían los blancos de la capital, siempre han buscado reductos que los liberen del mestizaje y nosotros, alienados, aspiracionales, hijos de migrantes pero mejor acomodados, envidiando poder entrar al club, sea el country o el de playa, hemos asimilado esas actitudes, las convertimos en cotidianas y el racismo nunca se fue.

La comedia asimiló a estas personas y los convirtió en personajes pintorescos, blanco de burlas y humillaciones. Ahí tenemos los infames sketch de Risas y Salsa, que quizás podrían entenderse, pero no perdonarse, por el tiempo en que se emitieron, los años en que aún Lima vivía a trompicones su reconfiguración. Pero, incomprensible y más imperdonable si se quiere, son los personajes del Negro Mama y La Paisana Jacinta, ambas creaciones de Jorge Benavides, un “cómico” al que le siguen celebrando dos personajes que retomaron, recrudecieron y ahondaron en los prejuicios y estigmas sin un asomo de crítica ni de contexto. Benavides también lucró con el sufrimiento de los afroperuanos y los andinos.

Poco tiempo después de las oleadas migrantes andinas, los peruanos tuvimos que salir del país por causa de la hiperinflación y el terrorismo en los ochenta. Así como los andinos hacia Lima, los peruanos migramos a países ricos, prósperos o que al menos nos dieran una oportunidad de sobrevivir o acaso ya de enviar dinero a los que quedaban en tierra peruana a sufrir lo que sufrimos.

La historia, la misma: desarraigo, comunidades de apoyo, necesidad, rechazo, racismo, explotación, violencia. Sí, también delincuencia.

La fama del peruano cochino, bruto, sin dientes y delincuente se forjó del mismo modo que la del negro y la del serrano entre nosotros. Entonces revivimos la historia, pero ahora en primera persona: todos tenemos a un hermano, hermana, primo, amiga, hijo o al menos un conocido en el extranjero y cuántas veces no hemos escuchado las historias de discriminación y condena. En el extranjero padecimos y padecemos lo mismo que antes los negros y serranos. Y nos ha dolido. Nos hemos lamentado. Lo hemos llorado. Todos somos o hemos sido migrantes.

Pero, los años pasaron y hoy, aunque todavía hay quienes se marchan para tentar un futuro mejor, ya son menos y algunos hasta regresan. Cuando pienses en volver, nos hemos emocionado. Y hemos dado la bienvenida a nuestros hermanos, primos, amigos, hijos. Le tocó al Perú ser un país próspero y que daba oportunidades (o al menos eso pensábamos hasta que nos llegó la pandemia y el reclamo exaltado de los pudientes para ponerse primeros en la fila de la vacunación, porque ellos tienen para pagar. Privilegios que le llaman). Y con la prosperidad, llegó el olvido de los antiguos sufrimientos. La crisis tocó a otros y esos otros, que alguna vez nos acogieron, ahora miran hacia nosotros y aquí los tenemos. Su historia, la misma: sobrevivencia en medio de la precariedad, trabajos informales, explotación sexual, racismo, estigma, rechazo, intentos de homicidio y rosario más de padecimientos.

No hemos aprendido nada.


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SABRÁN DISCULPAR

por Miguel Ángel Peña